lunes, 17 de octubre de 2016

ESE TORO ENAMORADO DE LA LUNA

Si hay un animal que simboliza a España ese es, sin duda, el toro. Son tantísimas las asociaciones que a los españoles nos han hecho  con este vacuno que ya forma parte de la Cultura Pop de nuestro país.

Él que pasta tranquilo y libremente en las fantásticas dehesas andaluzas, él que con su bonito pelaje es la envidia del ganado, él que se pasea de forma gallarda delante de su mayoral, él que protege a su manada con valentía...



El toro ha estado muy presente en mi infancia, al igual que en la de muchos que fuimos niños en los 80 y adolescentes en los 90.

¡Qué gran cariño le tengo al bicho en cuestión! y  por diversos motivos:

Uno de los mejores recuerdos que tengo del él es gracias a los infinitos viajes que hicimos en el R5 familiar a la Puebla de los Infantes (Sevilla). Me encantaba salir de Madrid camino del pueblo de mi padre, perdido en la Sierra Norte de Sevilla, pues eso era sinónimo de vacaciones y descanso. Era tiempo para disfrutar en familia y, por supuesto, para reencontrarse con los amigos sevillanos y, como no, con otros que como en mi caso éramos hijos de personas que abandonaron el pueblo para encontrar un futuro mejor. 
Disfrutaba desde el minuto cero que me subía en el coche de la emoción que sentía de ir a la Puebla. Siempre tenía presente que, aunque me durmiera en el camino, al despertar sabría si estábamos cerca o no del pueblo por un icono que solo veía cuando viajaba al sur. Y ese era el Toro de Osborne.

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¡Qué impresionante estampa! Un astado que sin saber porqué aparecía de repente, en medio de la nada, y sin ningún motivo desaparecía en el horizonte.



Mi estancia de un mes en la Puebla significaba no controlar emociones, por lo que mi cuerpo estaba llenito de heridas de caídas de bici, de correr, de jugar... Era el mes en que te pasabas todo el día en la calle, era el mes de ir a la piscina municipal con toda la chiquillería del pueblo. Eran momentos mágicos los que pasaba en el puestecillo de Rufo para comprar todas las chuches que durante el resto del año no comía, así como de no parar de engullir helados y flases, jjj ¡Qué recuerdos más bonitos!

Otra de las causas por la que el toro bravo me ha parecido muy entrañable es por la cantidad de dibujos que veía en la tele cuando era pequeña. Siempre echaban algún episodio, ya fuera de la pantera rosa, ya fuera de Bugs Bunny o de la Disney, en donde el toro era un coprotagonista de la historia. 

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Siguiendo mi viaje, con ayuda de mi máquina del tiempo, haré una pequeña parada técnica para saborear aquellas fantásticas pipas, que mi generación comía durante las horas muertas del día. ¡Cómo me gustaban! Pero lo que más me encantaba, no era solo el sabor de las pipillas, sino que, el simple hecho de degustarlas me permitía estar con mis amigos.

Evoco aquellas tardes en la Puebla, en concreto en la puerta de mi casa, en donde nos juntábamos mis amigos del pueblo y yo, no solo para compartir un pequeño puñado de pipas, sino también  unas magníficas conversaciones en las que nos contábamos batallitas, historias...fueron momentos estupendos.  Me acuerdo que siempre venía alguien con un paquete abierto y lo terminábamos comiendo entre todos gracias al invento de compartir en pequeños puñados, jjj. Creo que ningún niño de los 80, nos llegamos a comer un envoltorio entero e incluso muchos ni llegamos a comprarlo, pero todos las comimos. Uno de los mejores sabores de mi infancia, sin dudarlo: las pipas.

¿Y por qué relaciono las pipas con el toro? Muy sencillo. A pesar de haber comido durante mi infancia madrileña las pipas de Emilio Arias Lizano y en Sevilla las de Churruca y Reyes, tuve la oportunidad de probar aquellas pipas que, por aquellos años 80, todavía no habían llegado a Madrid y que tardarían una década mínimo en comercializarse o al menos ser conocidas en la capital. Me estoy refiriendo a las Pipas Facundo.


Gracias a mi amiga Marta pude saborearlas ya que ella veraneaba en Villada (Palencia), sitio donde se encuentra la fábrica de Facundo. Fueron especiales no solo por su sabor, sino porque las compartí con mi gran amiga de la infancia y por su logotipo, jjj, se trataba de un torito.

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¡Ay, ese toro! que como dice la canción está enamorado de la luna y por la noche abandona la maná.






Y hablando de canciones, en el mundo de la música han sido muchas las letras dedicadas al toro. Pero yo sin duda me quedo con una que, por supuesto, me permite seguir viajando abordo de mi transbordador del tiempo y poder revivir, de alguna manera, algunos instantes de mi infancia a través de las sensaciones que siento al tener determinados muñecos en mi mano.


La canción a la que hago alusión es una que escuchaba mucho cuando iba a los mercadillos de frutas y verduras que solían poner  en los barrios de Madrid los sábados. Esta melodía forma parte de la banda sonora de mi infancia, al igual que en la de muchos "egeberos" que sé que me leen. Todo un clasicazo de fondo en los mercadillos y por supuesto en el Rastro madrileño, jjj.



En concreto me estoy refiriendo a un tema en el que se nos cuenta que el toro es todo un don Juan, jjj. Pues es guapo, va con botines y no va descalzo, jjj. Sí, efectivamente me estoy refiriendo al temazo del Fary.

     




¡Cómo no te voy a querer y respetar si formas parte de mis dulces recuerdos de infancia! Pensar en ti hace que de alguna forma tenga más presente aquellos momentos en los que fui muy feliz. Momentos que me dieron el equilibrio y la fortaleza necesaria para convertirme en un adulto capaz de afrontar lo que me depare el futuro, jjj. Gracias a mis muñecos no paro de viajar ya que son mi máquina del tiempo. Con ellos puedo visitar las salas de mi pasado y saborear momentos felices de mi ayer.









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